Aunque
el cuento, las metáforas y los ejemplos ilustren convenientemente la tesis que plantea la obra, destaca, por su capacidad para abordar las cuestiones esenciales del problema, el corolario situado en
la parte central: cien sentencias para una conversación infinita sobres aspectos concretos que aspiran a mejorar la vida del alumno, y aun de la sociedad. Un corolario que es, sobre todo, el legado
de su autor, comprometido con la educación en Extremadura desde distintas ópticas desde hace más de tres décadas; y que plantea un principio de solución clave: sólo desde la aceptación de las dos
realidades, la realidad de papel, la norma, podrá mejorar la realidad del aula; sólo, en fin, desde el conocimiento práctico de las hormigas, presentes en la cubierta del libro, aprenderemos de su
administración.
Como ocurre con la imagen de la cubierta, que inspira además el primero
de los cuentos —“El ángel de la guarda”—, subyace en todos los relatos un significado oculto, extraño y esencial que han llevado al autor a “ficcionar” la realidad. La ficción, la escritura, para
encontrar las respuestas que no hallamos en nuestro día a día, para escapar, incluso, de nuestros propios infiernos. Para ello, Diego Gálvez realiza un viaje introspectivo a sus orígenes —el mismo
autor confirma que estamos ante autoficción— y parte de objetos, personajes y momentos vividos entre la niñez y la juventud —exceptuando “Tulo y los obispos” donde el narrador ya es adulto— para
buscar el sentido de las cosas en una sociedad rural marcada de principio a fin por la educación y la moral franquista.
Una
enseñanza, una lección o una moraleja similar a la que el escritor Diego Gálvez (Campanario, 1959) plantea en su tercera obra desde un enfoque problemático. Porque La escuela de papel. Cuento y
corolario para la mejora de la realidad del aula es una invitación a situarnos frente al espejo del sistema educativo para reconocernos en nuestra responsabilidad, siendo capaces de apreciar los
logros, corregir los errores y cambiar aquello que permita mejorar el futuro de la escuela. Un libro, por tanto, de consulta más que recomendada, para docentes, directores, inspectores, políticos y
estudiosos de la educación en España, que no se queda, simplemente, en un diagnóstico de gran lucidez, sino que trata de descubrir —de avanzar— cómo mejorar la calidad del
aula.
Estamos, pues, ante un manifiesto educacionista —la precisión de los términos muestra el oficio del autor y su predilección por el texto literario en no pocos momentos— que expone
el estado del sistema educativo español en nuestros días diferenciando dos realidades: la realidad de papel, que concreta en las normas, los planes de estudios y las programaciones; y la realidad del
aula, constituida por el docente y el alumnado. Para Gálvez, la mayor parte del tiempo, las dos realidades son paralelas, lo que provoca una distancia, insalvable en multitud de situaciones, entre
cómo se concibe el aula desde la leyes —de ahí la frecuente sucesión de leyes orgánicas de educación en nuestro país— y cuáles son los problemas, la realidad de esta.
La
tradición cultural y, por ende, la literaria asocia a las hormigas valores, en su mayoría, positivos para el hombre. Desde Esopo hasta Iriarte, por citar dos de los ejemplos más conocidos, estos
insectos, por lo común, de color negro simbolizan en numerosas fábulas, donde son protagonistas, la constancia y el tesón, la fortaleza y el compromiso con la comunidad en la búsqueda de la comida.
Como si la tradición se hubiera empeñado en demostrarnos que, en los insectos más comunes que ha dado la naturaleza —más de 12.000 especies en todo el mundo—, se encuentran características únicas y
valiosas para los seres humanos.
Con frecuencia recurro a lasHojas de otoñode Víctor Hugo para
recordarme cuán insignificante es el hombre ante la inmensidad de la naturaleza, cómo esta se regenera mientras que cada uno de nosotros caerá sin remedio en el olvido por más que, como sociedad,
estemos individualmente empeñados en exhibir sin pudor nuestra grandeza. Me sobrecoge y me impresiona la pequeñez del hombre, todos bajo un mismo cielo al que miramos para buscar a dios, para que nos
proteja en nuestra vulnerabilidad o para que nos deje caer en la nostalgia cuando su lluvia nos devuelva el recuerdo de nuestros seres queridos.
Por la precisión con la que Gálvez describe los acontecimientos
ocurridos,Ir al cieloes también el fresco de una época por el que pueblan aquellos personajes anónimos que le han dejado poso, que le han permitido construir su identidad y comprender la
condición humana. Un diálogo inacabable con el pasado más remoto de su vida —interesantísimo uso de la segunda persona— desde la distancia, la mesura y la perspectiva que aportan el presente. Una
invitación, en fin, a contemplar los misterios del cielo.
Ha vuelto a ocurrirme con la lectura deIr al cielode Diego
Gálvez (Campanario, 1959), la primera obra de un autor que demuestra, desde sus primeras páginas, un profundo conocimiento de la literatura, no solo por las referencias literarias que aparecen, sino
porque, en cada párrafo, las palabras han sido talladas una a una con oficio. El resultado, un ejercicio de estilo donde el autor se comporta como un orfebre que ha labrado con meticulosidad cada una
de las diez historias que componen el libro.
Todas las historias están unidas porque en ellas aparece de un modo u
otro el asunto religioso; y lo hace con brillantez, sin caer en el maniqueísmo y en el discurso panfletario. A veces, desde la crítica al clasismo y al abuso de poder, otras haciendo uso del humor y
la ironía, pero también, en un acto de justicia poética necesario, mostrando las bondades de algunos de los personajes vinculados a la iglesia como el párroco don
Francisco.
Gálvez maneja una prosa pulcramente cuidada, que enriquece con el uso de los términos apropiados
según la ocasión (campesinos, escolares, eclesiásticos, juveniles, militares); sabe presentar de forma plástica ambientes y paisajes y, sobre todo, derrocha sabiduría literaria a la hora de
caracterizar a las personas que, por distintas razones, más han marcado su existencia...
Características:
Acceso para sillas de ruedasServicios:
Centro educativoHorario de apertura:
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Nuestra opinión desde gopapelerias.es sobre Diego Gálvez
Diego Gálvez construye una obra que combina con precisión el rigor literario y la reflexión pedagógica, situándose en un terreno poco transitado: el cruce entre la narrativa ficcional y el análisis profundo del sistema educativo. Su escritura, tallada con oficio, revela un dominio del lenguaje que trasciende lo estilístico para convertirse en herramienta de indagación ética y social. Las metáforas, los cuentos y las sentencias no funcionan como meros recursos retóricos, sino como estructuras argumentales que permiten acceder a realidades complejas del aula desde múltiples ángulos. El uso de la autoficción no busca exhibir una experiencia personal, sino universalizar cuestiones profundas sobre la enseñanza, la moral, el poder y la identidad en contextos educativos marcados por herencias históricas y culturales. Su capacidad para articular dos realidades —la normativa y la vivida— sin caer en simplificaciones, revela una lucidez analítica poco común. Asimismo, la presencia constante de lo simbólico —como en la figura de las hormigas o en las referencias literarias— no resta concreción a su discurso, sino que lo enriquece, otorgándole una dimensión filosófica que trasciende el ámbito educativo. Cada texto funciona como un núcleo de reflexión autónomo, sin perder conexión con una visión global coherente. La obra no se limita a diagnosticar, sino que propone una conversación continua, abierta, que invita a la relectura y al debate sostenido. Hay en su escritura una autoridad moral que no se impone, sino que se gana a través del detalle, la precisión y la honestidad intelectual.
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